El mendigo negro

Por mis calles vaga un hombre

que yo diría que es negro.

Ignoro si es de color

o está de roña cubierto.

Anda pidiendo limosna,

da miedo nada más verlo

y lleva los pies descalzos

en verano y en invierno.

La gente se le retira,

está sucio y harapiento.

Lleva un abrigo raído,

y unos harapos por dentro.

Una palabra tan sólo

pronuncia, como en un rezo:

- Comida -, dice, alargando

un vaso en su brazo diestro.

Pero la gente le evita,

no quiere con él encuentros.

Es que ya digo, y no es broma,

que no sabes qué es “aquello”.

¿Un hombre o es un fantasma,

una gárgola, un espectro?

Ya le he visto varias veces

y en verdad le compadezco.

Esta tarde una moneda

en el sucio vaso he puesto.

Ha abierto sus grandes ojos

y “gracias” me ha dicho quedo.

Ahora que ya es de noche

recapacitando pienso

en qué lances de la vida

se puede haber visto envuelto.

Y puedo jurar, de fijo,

que de verdad me arrepiento

del temor que me ha infundido.

Al pensarlo me avergüenzo.

¡Es un hombre, una persona,

que no debió darme miedo!

Pero no pude evitarlo,

fue superior a mis nervios.

También murió Jesucristo

por salvarle, eso es un hecho.

¡Por Dios, qué cobardes somos

y por justos nos tenemos!

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